La mitad de Oscar

Jaime Rosales ha hecho mucho daño al cine español. Su cine intimista, austero y pausado ha sido un modelo a seguir para quien no dispone de mucho presupuesto o quiere profundizar en los sentimientos de sus personajes. La mitad de Oscar (2010) ha sido una película que tenía guardada durante años y no era capaz de ver. Era contemplar fotos de ella en revistas de cine y me echaba atrás. Pero llega el día que te apetece ver un cine más profundo y te lanzas de cabeza. Uno de los motivos para ello fue Verónica Echegui, la actriz que despuntó con la Juani de Bigas Luna y no ha cosechado los frutos que merece, como tanto actores con talento de nuestro cine. También me animaron los premios en festivales y su director, Manuel Martín Cuenca, responsable de dos obras tan interesantes y controvertidas como La flaqueza del Bolchevique o Caníbal, que en esta película no hace si no provocar el bostezo con una realización dilatada y aburrida. Silencios, paseos, miradas y angustias de un vigilante de seguridad con su  abuelo terminal ingresado y la visita de la hermana que viene de París después de una huida de dos años. Rodrigo Sáenz de Heredia, el desconocido protagonista, lleva el peso de la película, pero resulta soso e inexpresivo. Quizás era la intención para contaminar más al film de esa tristeza y soledad que atormentan a Oscar: su  otra mitad es un amor imposible y prohibido. Lo único que da un poco de vida  a este depresivo film es Verónica Echegui y ese cameo en el taxi del gran Antonio de la Torre, que quizás habría sido una elección más adecuada para el personaje principal.


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